
Si hablo del Puti, del Eva, del Alcázar o del Parque, seguro que muchos logroñeses de la generación del 70 sabrán de lo que estoy hablando. Por aquel entonces lo máximo en ordenadores que conocíamos eran el Spectrum y el Commodore y si queríamos jugar con unos videojuegos en condiciones, había que ir a uno de esos lugares que he nombrado. Y si ya querías lo último de lo último en juegos, había que ir al Sport Club de la Granv Vía, pero eso suponía una inversión mayor.
El Puti y el Eva eran nuestros dos lugares fijos del fin de semana. La cercanía de uno y otro era decisivo para elegirlos, ya que si en uno había mucha gente, te ibas al otro. Las naranjadas y limonadas del Eva marca “vayaustedasaber“ eran épicas (gracias Rofer por recordármelas). Cada uno de nosotros estaba especializado en un juego y sacaba partidas gratis al resto de la pandilla. Yo era un fenómeno en el “Ave Fénix”. Así nos íbamos turnado en las máquinas cuando nos aburríamos y con un duro, que era lo que costaban las partidas, nos podíamos tirar media tarde.
Entre semana, éramos fijos del Alcázar. Allí entre heavys de melenas, cazadoras vaqueras, camisetas negras con dibujos estrambóticos, pulseras de pinchos y chirucas nos batíamos el cobre jugando al son de Van Halen, Scorpions, AC-DC, Barón Rojo y Obús a todo volumen que salía escupiendo decibelios de una rockola monopolizada por los melenas. Para completar la escena almodobariana estaba Jaime, el jefe, que con su voz “dulce y aterciopelada” iba despachando, en todos los sentidos, al personal tras el mostrador de la tienda. Un lugar muy auténtico el Acázar.
Cuando el parque se fue abriendo al mundo de los videojuegos, después de su uso exclusivo a las tragaperras, nos hicimos incondicionales del lugar. Su juego de las olimpiadas que consistía en hacer correr al muñeco a base de pulsar repetidamente el botón como si te hubiese dado un ataque epiléptico, se hizo muy popular, había hasta colas para jugar con él. La mala fortuna quiso que el amigo Ernesto, hijo del dueño, se estrellara con la moto contra un árbol del espolón.
Casi a la par se mataban también Viví (sí, con uve) y su amiga, cuyo nombre siento no acordarme, al ser arrolladas por un camión cuando cruzaban la circunvalación con su ciclomotor. El día anterior habíamos estado jugando con ellas al futbolín en una tiendita de recreativos en la calle Lardero donde íbamos bastante, más que a jugar, a pegar la hebra. La dueña era una encantadora mujer que parecía nuestra madre y que el disgusto que se llevó cuando se enteró de la muerte de Viví y su amiga fue tremendo.
Más o menos por esa época fuimos dejando el mundo del videojuego para adentrarnos en el mundo de las discotecas que entonces se reducían al Ramses, al Yoque y al Valentino. Pero eso es otra época de la que hablaré en otra ocasión.
¿Y que me decís de las bandas de entonces?. Parece que lo de las bandas es algo que lo han inventado los Lating Kings y los Ñetas; pero ya por aquel entonces eran el terror de las calles las bandas del Chiri, del Miliki y del Moco Verde. Realmente estas bandas desparecieron con el inicio de los 80 casi a la vez que nos iniciábamos en el mundo del videojuego. El Chiri murió de un chute “mal dao” y al resto se les perdió la pista. Quizás hoy sean respetables abogados, o médicos, o arquitectos… nunca se sabe, que la vida da muchas vueltas.
Los ordenadores y las videoconsolas han acabado casi con las tiendas de recreativos. El Eva sobrevive con las máquinas apagadas; el Puti cerró sus puertas con la jubilación de los “jefes”; Jaime y señora se dejaron las máquinas del Alcázar al trasladarse a la zona de los Gólem y el Sport Club de la Gran Vía que todo el mundo conoce, se mantiene a pesar de los pesares.